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![]() | Antonieta Vera Hernández Opinión de AVH |
04 Mar 2026
El debate sobre una reforma electoral siempre debe partir de una premisa
fundamental, la democracia NO puede reducirse a cálculos administrativos
ni a ajustes institucionales que, bajo el argumento de la eficiencia o del
ahorro institucional, terminen debilitando la representación política de la
ciudadanía.
La reciente propuesta de reforma electoral anunciada por la Presidenta de
México, Claudia Sheinbaum, abre una discusión necesaria sobre el futuro
de nuestro sistema democrático. Sin embargo, también plantea
interrogantes legítimas que deben analizarse con responsabilidad política y
con una visión de largo plazo.
La democracia mexicana se ha construido a lo largo de décadas mediante
luchas sociales, movimientos ciudadanos y reformas institucionales que
permitieron abrir el sistema político a nuevas fuerzas y nuevas voces.
Muchas de esas conquistas no surgieron de los partidos dominantes, sino
de organizaciones políticas y sociales que representaban a sectores
históricamente excluidos. En ese proceso, el sistema de representación
proporcional ha sido un instrumento fundamental para garantizar que el
Congreso de la Unión refleje la diversidad política del país y no únicamente
la fuerza de las mayorías electorales.
Por ello, cualquier modificación a este mecanismo debe analizarse con
prudencia. Si los espacios de representación proporcional se reducen o se
transforman de manera que favorezcan estructuralmente a las fuerzas
políticas con mayor capacidad territorial, existe el riesgo de limitar la
pluralidad legislativa.
En un país tan diverso como México, reducir la pluralidad política
no fortalece la democracia; por el contrario, puede empobrecer el
debate público y disminuir la representación efectiva de distintos
sectores sociales.
Otro aspecto que merece reflexión es la eliminación del Programa de
Resultados Electorales Preliminares; durante años, este mecanismo ha
contribuido a brindar información oportuna a la ciudadanía la noche de la
jornada electoral, ayudando a evitar especulaciones y fortaleciendo la
confianza pública en los procesos democráticos.
La transparencia y la certeza electoral deben seguir siendo pilares
fundamentales de nuestro sistema político.
Asimismo, el argumento de la reducción de costos del sistema electoral,
aunque legítimo desde la perspectiva de la administración pública, NO
puede convertirse en el eje central de una reforma que impacta
directamente en la arquitectura democrática del país.
Organizar elecciones libres, equitativas y confiables requiere
instituciones sólidas y mecanismos que garanticen la integridad del
voto ciudadano.
Las reformas electorales deben construirse mediante amplios procesos de
diálogo político y social, en los que participen no sólo los partidos políticos,
sino también organizaciones ciudadanas, especialistas y diversos sectores
de la sociedad.
Las reglas del juego democrático no deben responder únicamente a
coyunturas políticas, sino a la necesidad de fortalecer las instituciones y
ampliar la participación ciudadana.
La pluralidad política no es un problema que deba corregirse, sino una
riqueza democrática que debe protegerse. Las reformas electorales
deben ampliar la democracia, no reducir la pluralidad política.
Sólo así podremos garantizar que el Congreso continúe siendo un espacio
donde se escuchen todas las voces de la nación y donde la diversidad social
y política de México tenga una representación real.