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MOLINOS DE VIENTO
Cecilio García Cruz
Jesús te Ampare

03 Ago 2026

 


Miguel de Cervantes Saavedra, autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, inmortalizó una verdad que no envejece: la realidad suele disfrazarse de ilusión cuando el poder encuentra eco en quienes prefieren creer antes que comprobar. 


Cuatro siglos después, México parece debatirse, otra vez, entre la razón y los molinos de viento.


Vivimos tiempos en los que la propaganda compite con los hechos y la narrativa oficial pretende imponerse sobre la realidad cotidiana.


La política se ha convertido en un escenario donde las promesas sustituyen a los resultados y donde el discurso busca, muchas veces, borrar la memoria colectiva.


Hoy gobierna Claudia Sheinbaum, heredera del llamado Segundo Piso de la 4T, un proyecto que prometió continuidad, pero que también recibió la pesada herencia de los problemas que marcaron al gobierno anterior: una violencia que no cede, regiones bajo el dominio del crimen organizado, un sistema de salud cuestionado, finanzas públicas presionadas por megaproyectos y un Poder Judicial inmerso en una profunda reconfiguración.


Mientras tanto, Morena consolidó un poder político pocas veces visto en la historia reciente. Controla la Presidencia de la República, la mayoría de los congresos locales, un amplio número de gubernaturas y mantiene una influencia determinante en el Congreso de la Unión. Para sus simpatizantes, se trata de la consolidación de un proyecto de transformación. 


Para sus críticos, representa una peligrosa concentración del poder con escasos contrapesos institucionales.


La pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿quién vigila a quienes gobiernan?


La lucha contra la corrupción fue el estandarte que llevó a Morena al poder. Sin embargo, los escándalos no desaparecieron; simplemente cambiaron de protagonistas.


Contratos cuestionados, señalamientos de opacidad, investigaciones periodísticas y denuncias de presuntos conflictos de interés han alimentado un debate que aún espera respuestas convincentes.


La corrupción no distingue colores partidistas cuando las instituciones dejan de funcionar con independencia.


En materia de seguridad, las cifras siguen siendo motivo de preocupación. Los homicidios dolosos continúan cobrando miles de vidas cada año; las desapariciones mantienen en vilo a miles de familias; la extorsión, el cobro de piso y la presencia de grupos criminales afectan la vida cotidiana de millones de mexicanos.


No basta con cambiar el relato cuando la realidad sigue golpeando a la ciudadanía.


La polarización política tampoco ha dado tregua. Desde el poder se insiste en dividir al país entre buenos y malos, entre patriotas y adversarios, entre pueblo y enemigos del pueblo.


Ese lenguaje puede resultar rentable electoralmente, pero erosiona la convivencia democrática y dificulta la construcción de acuerdos.


La historia enseña que ningún régimen es eterno. Roma también conoció gobernantes convencidos de que el poder era infinito.


Entre ellos destacó Calígula (Cayo Julio César Augusto Germánico), símbolo de un gobierno donde el culto a la personalidad terminó sustituyendo a la prudencia y donde los caprichos del gobernante llegaron a confundirse con decisiones de Estado.


Las comparaciones históricas siempre deben hacerse con cautela. México no vive bajo un imperio romano ni enfrenta las mismas circunstancias.


Pero la historia ofrece advertencias valiosas: cuando el poder concentra demasiadas facultades, cuando el aplauso reemplaza a la crítica y cuando las instituciones dejan de servir como contrapeso, la democracia comienza a debilitarse.


La mayor fortaleza de una República no radica en la popularidad de un gobernante, sino en la solidez de sus instituciones.


Un país no puede depender de la voluntad de una sola persona ni de una sola fuerza política.


Los ciudadanos tienen derecho a exigir cuentas, sin importar quién ocupe el Palacio Nacional. Esa es la esencia de una democracia madura: evaluar gobiernos por sus resultados y no por sus discursos.


Porque las naciones no se transforman con consignas ni con campañas permanentes de comunicación. Se transforman con seguridad, justicia, crecimiento económico, educación, salud y respeto absoluto al Estado de derecho.


El espectáculo político continúa. Cambian los actores, cambian los escenarios y cambian los discursos. Lo único que no debería cambiar es la obligación de los ciudadanos de distinguir entre los hechos y las promesas, entre la verdad y los trucos, entre la esperanza legítima y las mentiras que suelen acompañar a quienes creen que el poder puede sustituir a la realidad.


Así de simple. Pero así de exacto.

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